a la espera de la tuya
miércoles 23 de noviembre de 2011
Las que aguardan de Fatou Diome
martes 22 de noviembre de 2011
Mitología de Nueva York de Vanessa Montfort
lunes 14 de noviembre de 2011
Marta Rivera de la Cruz: En tiempo de prodigios
viernes 4 de noviembre de 2011
Que veinte años no es nada, Marta Rivera de la Cruz, por Asun
Comentario de
Que veinte años no es nada, escrita por Marta Rivera de la Cruz
Este relato nos muestra las historias de un sinfín de personajes que tienen su lugar común en Ribanova. Ribanova es una pequeña ciudad de veinte mil habitantes según descripción de la autora que hace gala de aditamentos de una ciudad bastante más grande.
Es una obra encantadora en la que el gran número de personajes es descrito de un modo peculiar, con gran esmero, cuidado, diversidad y de un modo muy ameno.
La historia se centra principalmente en la familia Del Amo, en particular en su hija Luisa y su enamoramiento del escritor Cósimo Herrera. No obstante esparrama sus redes por todos los personajes que aparecen en el pueblo y como dice el subtítulo de la obra “Cada persona oculta una historia extraordinaria”
Mayoritariamente son personajes solitarios que rompen solamente un atisbo de su aislamiento. A excepción de los Dapena acogedores y gregarios por devoción el resto parece vivir en su islote, no obstante son personajes dotados de gran humanidad.
Es una ciudad sin tiempo, solo existe el tiempo de los personajes como es una ciudad sin proporción entre los servicios e instituciones públicas y la caracterización de pueblo pequeño. Es de dimensiones elásticas lo que le dota de irrealidad que da un aura de fantasía a la novela.
Como decía Juan Sebastián Arroyo “Ribanova era el lugar ideal para vivir cuando uno quería marcharse de todos sitios”.
En ese universo a la medida de la escritora suceden dramas de todo tipo entre ellos de amor y desamor muy bien trazados no siendo únicamente las diferencias de edad o clase social las limitaciones para el amor sino la propia personalidad e idiosincrasia de los sujetos.
Cada personaje de este relato es una nueva aventura que se reencuentra más adelante en la maraña tejida de relaciones con otro nuevo o antiguo personaje otra nueva acción ofreciéndonos así un nuevo ángulo y lo que parece una fuente inagotable de historias y perspectivas, pero como todo llega a su fin, también la novela lo hace dejándonos un agridulce sabor de boca.
miércoles 2 de noviembre de 2011
La conjura contra America de Philip Roth, por Asun
Comentario de
La conjura contra América, escrita por Philip Roth
Philip Roth nos muestra una verosímil ficción de una América antisemita. Para que este antisemitismo se dé es necesaria una conjura contra la propia América en la que están implicados los mandatarios y las fuerzas de orden y se obvian las garantías constitucionales básica: “todos los hombres somos iguales… todos nacemos libres…”
Esta ficción nos la muestra a través de una familia de clase media baja judía en la América de 1940-42 en pleno auge de Hitler en Europa. Presupone que en EEUU gana las elecciones un presidente pro-nazi.
El relato tiene personajes reales en posiciones ficticias. Nos lo va contando con ojos de niño -el pequeño de la familia- lo cual agudiza el elemento sorpresa de la obra pues aunque el niño confiesa tener temor, es su capacidad de asombro y descubrimiento continuo lo que más llama la atención.
Está muy bien urdido el engranaje entre la vida cotidiana de la familia –en la oposición al nuevo orden- y los cambios sociales que implica el mandato del nuevo presidente de los EEUU.
La historia se desarrolla en menos de dos años y en ella vemos todo tipo de azares. Transgresiones de los valores judíos por parte del hijo mayor cuando va a la granja de los gentiles por los programas colaboracionistas. Si bien los valores judíos son de no violencia Herman –el padre- llega a perder los estribos con el sobrino Alvin y se pega con él.
Con respecto a Alvin que el libro presenta su marcha a la guerra como una -yo diría- alegre huída- luego se lo recrimina a su tío y las reflexiones de Philip son: “Como hay una guerra en curso, él elige ese camino… ¡El instinto virulento, rebelde, históricamente atrapado! Si la época hubiera sido distinta, si él hubiese sido más inteligente… Pero él quiere luchar. Es igual que los mismos padres de los que quiere desligarse. Ahí reside la tiranía del problema. El intento de ser fiel a aquellos de quienes trata de desligarse. El intento de ser fiel y de desligarse de aquellos a los que es fiel al mismo tiempo. Y por eso fue a luchar en primera instancia, o esa es al menos la mejor explicación que encuentro.”(pag. 327)
Y en sus tribulaciones, Philip sobre si mismo reflexiona: “y fue entonces cuando decidí huir de nuevo. Todavía era demasiado inexperto en las relaciones humanas para comprender que, a la larga, no es fácil el trato con nadie, y que tratar conmigo tampoco era fácil para los demás” (pag. 377)
En el relato se nos muestra a elegir entre la oposición, el presidente pro nazi, el colaboracionismo, y diversos oficios más o menos honrados. El niño lo dice en la página 391: “MI padre elige la resistencia, el rabino Bengelsdorf elige la colaboración y el tío Monty se elige a sí mismo.” Creo que eso son los ejes de los personajes en la obra, se mueven con respecto a esas opciones que el niño ha resumido en esa frase.
Al final del libro nos aporta los hechos reales de los personajes reales y así vemos mejor qué era la ficción y qué no.
No obstante resulta terriblemente creíble toda la obra
martes 25 de octubre de 2011
El legado de Katherine Webb, por Asun
domingo 23 de octubre de 2011
Karmele Jaio, Las manos de mi madre, por Asun
Comentario de
Las manos de mi madre, escrita por Karmele Jaio
A raíz de que su madre es ingresada en el hospital con la memoria perdida y casi sin habla Nerea –su hija- a través de sus visitas la redescubre. La ve desde una nueva dimensión.
Estar cuidando a su madre somete a Nerea a una situación de stress que le lleva a replantearse toda su propia vida y sus relaciones.
Descubre episodios desconocidos en el pasado de su madre a la vez que el propio pasado de Nerea cobra vigencia otra vez. Todo esto le hace sentirse más unida a ella.
Mediadoras en estos reencuentros con los pasados son Dolores, hermana de la madre y Maite amiga de Nerea.
Nos plantea el símil de la pintura vieja en el armario, que siempre acaba saliendo la capa que está debajo y en la vida salen las historias ocurridas anteriormente. En cambio Nerea es capaz de cerrar la historia de su amor de juventud pese a ser una herida abierta a lo largo de la novela pero al final lo afronta y cuando lo vislumbra de nuevo sabe que él no es el que conoció sino que ya es otra persona. ¿Dónde queda entonces la capa vieja de pintura si cierras bien la herida? Es de esperar que quede entonces bien cubierta por las nuevas experiencias y que sea una zona de esas tapada por la nueva capa de pintura que hasta los armarios con la pintura más agrietada tienen.
Me gusta la forma en que se refiere Nerea a lo largo de toda la novela a su matrimonio, como lo retrata, pero especialmente me llama la atención un párrafo: “Nos dejamos todas las energías en nuestros trabajos. Dejamos para nuestra relación las sobras del plato. Nos dedicamos el tiempo en el que ya estamos cansados tras una jornada de trabajo, siempre es tiempo de sobra, energía de sobra, sonrisas de sobra. Para cuando nos vemos estamos casi vacios como si alguien nos hubiese robado el contenido”
Eso es lo que retrata la novela el mundo de Nerea es un mundo de subsistencia afectivamente hablando, vive de las “sobras” aunque ella no para de correr. Pero llega un momento que ella se detiene y ese mundo se reconstruye, al final, cuando ella toma una decisión que hace cambiar su actitud. Para ese cambio es crucial la figura de su madre.
jueves 20 de octubre de 2011
El reflejo de las palabras, por Asun
Comentario de:
El reflejo de las palabras escrito por Kader Abdolah
Entrañable historia que narra la vida de Akbar, sordomudo que escribe en su peculiar escritura cuneiforme y que luego su hijo Ismail se encargará de descifrar.
La vida de Akbar, experto reparador de alfombras, corre paralela a los cambios políticos sucedidos en Irán y aunque en principio su aldea parece ajena al cambio, diríase que por ella no pasa el tiempo, hay hechos claves que se producen en ella.
La historia que empieza en un mar de leyendas y tradiciones cede poco a poco el paso al movimiento clandestino y resistente al régimen imperante, todo ello sin abandonar el tono cálido y afable que le da la personalidad de Akbar.
Como dice Ismail debe escribir el libro de su padre para liberarse de él. Es el continuo dilema que tiene en la relación con su padre. Cree que es él quien cuida de su padre cuando continuamente demuestra que más bien es al revés que es su padre quien cuida de él. Vive en la creencia que su padre depende de él y es él quien por fin al escribir un libro con los apuntes de su padre muerto hace un último intento por liberarse de él.
Las peripecias de Akbar para encontrar esposa; en convertirse en un buen reparador de alfombras: la importancia que da a que sus hijos vayan a la escuela que le obliga a mudarse de ciudad. Todas las emociones que es capaz de vivir un ser humano están reflejadas en la vida de Akbar, desde el enamoramiento hasta la pérdida de los hijos; desde la impotencia, al enfado a la alegría y un largo abanico que nos es mostrado en este relato cuyo telón de fondo es la vida tradicional de Irán y la incomprensión de sus regímenes políticos.
sábado 11 de junio de 2011
El hurto, por Asun
El hurto
Confesó con confianza su delito, nuevamente le habían pillado en el supermercado, pero sabía que nada le pasaría, su hurto –no llegaba a 400€- quedaría impune. Era un hurto menor, no tenía pena de cárcel, para la multa era insolvente, ¿Qué iban hacer? ¿Ficharle? Ya estaba fichado, era conocido por la policía, era “un habitual”.
Según entraba salía de
Mucho estaba tardando el guardia jurado en llamar a la policía. Por fin aparecieron. Julián se preparó, lo condujeron a comisaría y allí le tomó declaración un sargento
—Muy bien —le dijo el sargento— con los hurtos que llevas acumulados se te aplicará la nueva ley de acumulación de hurtos menores y pena cárcel en fin de semana.
—¡¿Qué?! ¿Pero de qué habla?
—De la nueva ley para faltas acumuladas; queda redondo en tu caso; pasarás juicio y los próximos fines de semana en la cárcel.
—¡No me jodas! ¿Dónde pone eso?
—Tiempo tendrás de enterarte. Consulta con tu abogado de oficio.
Bueno, —pensó Julián— el supermercado no abre los domingos, podré seguir mangando entre semana. Pero, ¿Y la cárcel? No puedo ir, lo de mangar se ha acabado, me tengo que librar de la cárcel y cambiar de vida.
—No me podéis mandar a la cárcel, no soy mala persona, vosotros lo sabéis.
—Bueno, quizá habría una forma, siempre nos faltan soplones, gente que se infiltre en las bandas de delincuentes y nos tenga informados, pero te tendrías que olvidar de robar en el supermercado, ellos conocen la nueva ley, querrían que la aplicásemos contigo.
—Bien pero ¿habrá algo de pasta para el confidente no?
—Un poquito, depende de la información que nos traigas; pero no esperes vivir de eso, tendrás que ponerte a trabajar.
Julián hacía con los ojos chiribitas, ¿trabajar? ¿Soplón? ¿Buscarse líos con los delincuentes de verdad? Le sonaba todo mal. Él solo quería seguir viviendo su vida acostumbrada de trapicheo, esa ley nueva… que se la enseñaran.
—¿Quién es mi abogado de oficio?
—¿Qué? ¿No quieres hacer un trato?
—Quiero que me enseñe esa ley que dice, la ley de la cárcel en fin de semana.
—Estás a tiempo, si te nombro un abogado de oficio es porque pongo la denuncia. Si haces un trato no hay denuncia.
—Quiero ver esa ley ¿Dónde está?
—Está bien te pongo la denuncia. En la cárcel te acordarás.
Hicieron los trámites de la denuncia y no le citaban con el abogado de oficio.
Julián preocupado no se atrevía a robar en el supermercado, se buscó un trabajo de repartidor de pizzas. Conseguía vivir del trabajo. Andaba mirando algo más para vivir mejor.
Estaba inquieto por el curso que seguiría su denuncia cuando un día oyó en la televisión haciendo zapping “sigue el trámite para su aprobación la ley de penas de cárcel en fin de semana para hurtos menores de 400€…”
sábado 7 de mayo de 2011
La bañera, por Asun
La bañera
Aquel viernes, se metió en la bañera para que se le pasara el sentimiento de culpa que le atenazaba. Era un sentimiento como el de
Le había dicho a Jorge, su marido, lo que tenía que hacer una vez más, pero esta vez la consecuencia había sido fatal y el arrepentimiento le hacía temblar, como una hoja de papel, de pies a cabeza.
Isabel tenía la fea costumbre de aconsejar y comportarse como un cura, diciendo a los demás lo que tenían que hacer.
En el coche, su marido se portaba como un santo a pesar de los comentarios que Isabel hacía mientras él conducía: por esa calle no, por esa otra; tuerce a la izquierda; saca el intermitente; cuidado con el de la derecha; adelanta… lo volvía loco. Más de una vez habían estado a punto de tener un accidente cuando al final, él, hastiado se volvía para decirle: ¡Cállate! Y se despistaba del tráfico.
Él le dirigía esa conocida mirada de reproche, a ella le invadía el sentimiento de culpa y se metía en la bañera a que se le pasase mientras hacía acto de contrición de “no lo volveré a hacer más”. Era la censura de su mirada lo que la obligaba a meterse en la bañera, si lo pensaba veía que era eso, pero no lo pensaba, era un acto reflejo, ante el menor asomo de crítica de su marido, ella corría a la bañera. La amonestación y la bañera eran uno para Isabel.
Pero lo que hizo ayer, rebasó con creces su propia costumbre. Le hizo prometer a Jorge que le pediría a su jefe un aumento de sueldo. Su marido había puesto una y mil pegas pero cuando a ella se le metía algo en la cabeza nadie le hacía cambiar de opinión. Hizo valer todas sus armas hasta que Jorge accedió.
—Si la quería tenía que pedir aumento al jefe —le había dicho a Jorge—- ella merecía vivir mejor. De momento no necesitó la bañera, ella había ganado la batalla, se sentía triunfante como un paladín.
A pesar de su resistencia, Jorge había salido de casa con cara preocupada dispuesto a pedir el aumento. Se lo había prometido. Ella esperó ansiosa la vuelta del trabajo, y allí estaba él, alicaído; algo malo pasaba.
Jorge se lo contó sin rodeos: La respuesta del jefe había sido contundente, eran malos tiempos para la empresa necesitaban reducir personal aprovechaba su visita para decirle que prescindían de sus servicios.
—¿Ves? Era mejor no destacar, pasar desapercibido –le decía Jorge con su mirada de censura.
Ahora Isabel se echaba las manos a la cabeza, su interferencia los había perdido.
—Hablaré yo con tu jefe —dijo Isabel como siempre deseosa de ayudar pero errando la manera.
—¿No ves que ya has hecho bastante? Siempre estás diciendo lo que debo hacer y no hacer y yo por no oírte te hago caso. Ahora mira como estamos por tu causa. ¡No te voy a hacer caso nunca más! ¡Que sea la última vez que me dices lo que he de hacer!
Al día siguiente, sábado, fueron al hipermercado a hacer la compra y esta vez en el coche Jorge le advirtió que se estuviese calladita como si fuera del cine mudo, que no se atreviese a rechistar, ni a indicar el camino.
Jorge se había puesto mas serio que un presentador del telediario ante una catástrofe, Isabel viéndolo así, estuvo en silencio todo el trayecto. Al comprar, su marido le iba recordando que ahora eran pobres como los vecinos del 5ºA que tenían muchos hijos y poco sueldo, fue una amargura instalarse en su nuevo estado, no llenaron el carro, solo artículos de primera necesidad.
A la vuelta tenía sentimientos contradictorios, el disgusto que sentía por su nueva situación le sirvió para frenar lo que en ella era una costumbre arraigada: intervenir en la conducción de su marido. Las exclamaciones pugnaban por salir de su garganta, pero las contenía como los besos de los príncipes en los cuentos, que solo dan uno, pues ella ni una.
Al regresar del hipermercado, tenía mal cuerpo, volvía a ser
No acaba de ver tan claro que ella fuera culpable del despido de su marido, seguro que él era un inútil por eso le habían despedido, no por ella —pensó después— mientras se metía en la bañera.
El lunes, Jorge se levantó temprano para ir a buscar trabajo, ella le empezó a dar consejos pero se encontró con la censura en los ojos de su marido y unas palabras: — Aplícate el cuento, el consejo que me quieras dar, tómatelo para ti, sal tú a buscar trabajo. Ahora lo necesitamos.
Isabel se dijo ¿por qué no? Compró el periódico como un náufrago ve una tabla para salvarse y empezó a buscar anuncios.
Tras presentarse a varios puestos, la cogieron en una cafetería de camarera.
Por la noche, cuando el matrimonio se reunió en casa, Jorge contó que todavía no tenía trabajo, pero se alegraba de que Isabel ya lo tuviera, saldría todos los días, con espíritu renovado, a seguir buscando.
Por las mañanas salían los dos de casa temprano, Jorge a buscar trabajo, e Isabel a la cafetería.
Pero Isabel con todo no había escarmentado, y se metía en las conversaciones de los clientes aconsejándoles lo que debían hacer. Estos le respondían malhumorados, enseñándole los dientes. El dueño de la cafetería, no dejó pasar mucho tiempo en esta situación, al cabo de una semana, le advirtió: si quería mantener el puesto de trabajo tenía que frenar su lengua; no entremeterse en las conversaciones de los clientes; ¡Debía contenerse o a la calle! Fue entonces cuando una grieta comenzó a abrirse en su interior, al verse en el espejo de los clientes, empezó a cuestionarse su forma de ser, de su costumbre de inmiscuirse en la vida de los demás. Además con el ultimátum del jefe las cosas se habían puesto feas.
Surgió el arrepentimiento de haber hecho sufrir a Jorge y el sentimiento de culpa se apoderó de ella. Se metió en la bañera para relajarse y que se le pasase.
Cuando ya se sintió más liviana, pidió perdón a Jorge y le prometió cambiar; en la cafetería practicaría la nueva conducta, y con él tendría muchísimo cuidado: lo iba a respetar.
Jorge contestó:
—Me alegro de que no dejes la cafetería, que practiques en ella el respeto y conmigo también. No acudí al jefe a pedir aumento de sueldo. Te engañé. No estoy despedido. Ahora con tu trabajo no nos hace falta el aumento.
A Isabel le costó cambiar, se mordía la lengua continuamente en la cafetería, al principio balbuceaba.
Si le pedían un café era solamente un café, no: un café y esa chaqueta te quedaría mejor atada. Una coca cola, era solamente una coca cola y no: ¿Por qué llevas a tu madre a una residencia? Un sándwich, era solo eso y no: perdónale la infidelidad a tu novio un resbalón lo tiene cualquiera.
Pasó a ser: su café, señor; su coca cola; su té…
Poco a poco fue aprendiendo a no decidir de parte de otros. A dar la opinión solo cuando se la pedían. Con el tesón con que el agua erosiona la roca en las cascadas, logró cambiar. Ya no necesitaba meterse en la bañera, le bastaba con ducharse.
lunes 25 de abril de 2011
Quiero una peseta, por Asun
Quiero una peseta
Recuerdo la mano de mi padre, grande, sólida, cálida y yo con mi manecita pequeñita, asida a ella, andando. No tenía ni seis años y repetía el sonsonete con la cabeza mirando al suelo: quiero una peseta que me des una peseta, dame una peseta que me des una peseta…
De vez en cuando el tironcillo de la gran mano de mi padre: “no tengo una peseta” y yo seguía atrapada en el ritmo del sonsonete: quiero una peseta que me des una peseta, dame una peseta que me des una peseta…
Me veo a mi misma, rubia, con el pelo lacio, que crecía poco por una enfermedad que tuve. Cabello que a puro débil era casi transparente, de un amarillo pálido, liso, pegado a la cabeza, me lo cortaban a menudo para que creciera. Yo me recuerdo a mi misma, como en una foto posterior, en la que ya me llegaba a la oreja, casi podía hablarse de melena corta pero que en ningún caso alcanzaba la nuca, con raya a un lado y una diadema de nylon en la cabeza. En mi fantasía infantil así creía que sujetaba el cabello ondulante que se mecía alrededor de mi cabeza, cabello que no tenía pero que suspiraba por tener
Meneaba la cabeza a un lado y a otro: quiero una peseta que me des una peseta, dame una peseta que me des una peseta… y alzaba la cabeza a derecha e izquierda para encontrarme con el tacto de los mechones de mi pelo en mi mejilla mientras me colgaba inclinada al andar de la mano de mi padre.
No tengo conciencia de cuanto tiempo estuve así solo sé que ni yo, ni mis hermanos lo hemos olvidado y hay diferente versiones para el hecho.
Cuentan mis hermanos que así recorrimos dos o tres kilómetros.
Era Semana Santa, Jueves Santo para ser más precisos. Por lo visto habíamos ido a rezar al Santo Sepulcro y visitado los pasos que saldrían en procesión el Viernes de
Pero no sabía yo en que me estaba metiendo, yo iba inconsciente repitiendo mi cantinela más por el vicio del son y por sentir el cabello en la mejilla que por el significado del estribillo y sin ser consciente del gran tostón con que estaba importunando a mis familiares.
Por lo visto fui latosa en grado sumo, aunque según quién me cuente dice que a ratos cantaban conmigo, no obstante quedó en los recuerdos compartidos de la familia como una de las anécdotas infantiles que nos caracterizaban a cada uno de nosotros.
Yo de lo que tengo recuerdo es de la vergüenza que pase los días siguientes ante todos los comentarios que hacían mis familiares, grandes y pequeños. Yo los interpretaba todos como burlas sobre mí y me avergonzaba, emulaban mi estribillo con diferentes tonos y diferentes sonidos y yo no sabía que decir. Me parecía estar oyendo por todas partes “quiero una peseta” y yo solo quería olvidar. Es curioso, ahora que lo reviso, lo hacían sin malicia y hay que ver que mal lo pasaba yo. No recuerdo que me dijeran “quiero una peseta” para chinchar. Pero es cierto que la frase me ha acompañado durante toda la infancia y siempre me hacía sentir vergüenza, como si me hubiera destapado. Estaba tan absorta mientras cantaba el estribillo que no era consciente de mis propias acciones, me dejé llevar por la música del sonsonete, por la cadencia de la repetición, mientras me colgaba de la mano de mi padre y sentía que ponía un pie detrás de otro al ritmo de la canción.
Con los comentarios de la familia emulando el sonsonete se acabó la magia y vino el choque con la realidad, ya no había un pie detrás de otro, el pelo ya no acariciaba la mejilla, y sobre todo ya no había la mano protectora del padre en la que ampararse que agarraba fuerte durante todo el trayecto.
Con el fin de la magia me convertí en papagayo, y eso era ridículo.
Y la historia de mi vida es la historia de cómo he enfrentado el “quiero una peseta” cuando me lo decía mi familia.
Cuando me lo decían de cría me enfurruñaba, por sentirme papagayo.
Conforme fui creciendo, fui madurando, y pensando, cosas de niños, seguramente lo olvidaran, ya lo nombran menos. Craso error, era un simple lapso. Volvía aparecer como los ojos del Guadiana. Después lo acepté como una chiquillada, como un error mío. Pero siempre con la esperanza de que fuera olvidado, yo jamás lo sacaba a relucir. Una hermana mía tuvo una hija y el día que se cogió su primera cabezonería me dijo: ha salido a ti, como “quiero una peseta, empezó: quiero un huevo frito”.
Pasé a tener un interés casi científico y querer enterarme de qué pasó. Lo cual me sirvió para ver que cada uno tiene su recuerdo distinto de los demás. Me quedo con el mío.
Me cuesta ubicarlo en Semana Santa porque para mí es un recuerdo con aire festivo, de “los días buenos” en cambio los recuerdos que tengo de
Hoy, esa vivencia la tengo aceptada, la evoco con cariño. Valoro el tacto de la mano de mi padre, pero no me gustó sentirme papagayo, si bien he de reconocer, que fui un rato pelma, pero tampoco recuerdo que nadie me dijo que me callara. ¿Hice la del Flautista de Hameln? ¿Los encanté durante un rato y luego se rompió el hechizo? O simplemente cantaba mi canción. Solo sé que si alguien ríe con el recuerdo me río con ganas yo también.
jueves 7 de abril de 2011
El cuartel, por Asun
El cuartel
Tenía once años cuando fui en setiembre a pasar una semana en San Sebastian con mi tía. Nos alojamos en una pensión. No tengo muchos recuerdos de ella porque hay uno que era el centro de toda mi atención. Desde la ventana de la habitación se veía un edificio en frente con un gran rótulo en letras mayúsculas: IOOO POR
Yo estaba intrigadísima, por qué mil, ni uno más ni uno menos, ¿Cuándo los contaban? ¿No entraban ni salían? ¿Se estaban todos dentro quietos? Porque es cierto que desde mi ventana no veía gran señal de movimiento en el edificio. Era como si en vez de mil, no hubiera apenas nadie. Solo los vigías que montaban guardia en lo alto, en las esquinas, no veía a nadie más. No veía a nadie a través de las ventanas, no veía luces, no veía entrar y salir, no veía ninguna huella ni señal de que allí hubiera no digo mil, ni siquiera cien.
Parecía como la estela de la banda que se cosió el sastrecillo valiente “mate a siete” y eran moscas y no gigantes. Pues lo mismo, “IOOO POR
En mis baños en la playa me olvidaba de los mil por la patria, pero al subir la cuesta de la pensión –las pensiones pobres siempre tienen una cuesta que subir- o al abrir la ventana por las mañanas, ¡allí tenía, enfrente el letrero! Volvía a mi quebradero de cabeza con como se mantenía el número de mil por la patria. Ni uno más ni uno menos. Mil.
Cosas de niñas pequeñas que se guardan sus pensamientos para ellas no le dije nada a mi tía aunque repetía para mis adentros como una cantinela con frecuencia: “IOOO POR
¿Cómo se habían puesto de acuerdo? ¿En que momento los contaban? ¿Qué significaba eso de “por la patria”?
Había mil, no me dio tiempo a interrogarme si eran hombres o mujeres, los que estaban dispuestos a hacer algo por la patria y yo no sabía que era lo que la patria les podía pedir. No obstante como los vigías eran hombres creo que mi mente de niña interpretó que el resto de los mil eran hombres también.
En mi aturdimiento algo le debí decir a mi tía como “Mira ahí hay mil por la patria” que ella descorrió el velo de mi inexperiencia infantil y me explicó:
—No, no son mil. Es un cuartel de
Mis ojos infantiles, una vez desvelado el misterio empezaron a ver el soporte del palo de la “T” y la curvatura de la “D” ya no veía un cero. Ahora la nueva perspectiva resultaba innegable, era evidente que no era un IOOO si no un TODO descabezado.
Estaba claro, era un cuartel, era el sitio donde había Guardia Civiles.
Ahora empecé a jugar con una nueva incomprensión ¿TODO POR
Después de aquello en muchas otras ocasiones he tenido oportunidad de ver el letrero de TODO POR
martes 5 de abril de 2011
El dolor de muelas, por Asun
El dolor de muelas
Cada vez que Martín salía a navegar con el barco se le quitaba el dolor de muelas.
Su barco era una pequeña gambeta de vela ligera,
Durante el verano solía quedar para navegar con su amiga Isabel, los dos en la treintena de la vida. Entre los dos manejaban estupendamente todo el velamen y el timón.
En eso se entendían muy bien, en lo demás diríase que chocaban en casi todo.
Pasaban el verano en un pequeño pueblo del Mediterráneo.
Ella profesora, tenía un largo verano, el trabajaba aquí y allá, en sus apaños, sacaba tiempo libre.
Navegando los dos formaban un solo alma. La coordinación de ambos era perfecta y en el barco se notaba, el rumbo era equilibrado, aprovechaban el mínimo resquicio de viento.
Pero fuera del barco era otra cosa. En el refresco que se tomaban al volver del mar, siempre discrepaban. Daba igual el tema, podían ser libros, películas de televisión, como educar a un niño, o cualquier materia, no estaban de acuerdo en nada.
Esa tarde al bajar del barco, Martín se quejó
—Vaya, me vuelve el dolor de muelas
Isabel rápidamente intervino —No se como no has ido al dentista
—Ya sabes el pánico que le tengo, es superior a mí. Solo tengo que navegar más y no siento la muela.
Isabel trató de razonar
—Si esperas más luego tendrás más daño en la muela y más daño en el dentista. Cuanto peor tengas la muela más laboriosa será la cura. Además los dentistas ahora ya no hacen daño eso era antes. Estás en un callejón sin salida, la muela a mejor no va a ir.
— Navegaré, navegaré y navegaré y de la muela me olvidaré
—Navegarás, navegarás y con una infección te encontrarás.
Martín no tenía ganas de seguir escuchando así que dio por zanjado el asunto y con un “Tu siempre con tus cosas” Se despidió.
Pasaron los días y ellos continuaban saliendo a navegar, pero a la semana siguiente en una nueva salida, el día iba a ser distinto.
El paseo comenzó perfecto, en el barco la conversación era parca, diríase que imperaba el silencio pero no, en el mar navegando a vela hay mil y un sonidos, el propio del agua del mar, el de los mástiles y toda la jarcia, el del trapo de la vela al ser movida por le viento, el del barco al romper con las olas y un sinfín de murmullos más que acompañan el silencio que hace que te sientas tu solo, o compartas la compañía, frente al espacio y el mar.
Pero ese día Martín se encontraba mal, la muela cosa rara en el mar le estaba doliendo, le había salido un flamante flemón y le estaba subiendo la fiebre.
Las cosas empezaron a ir mal, sin querer se alejaron algo más de la costa de lo que acostumbraban, la mar se encrespó, amenazaba tormenta, se vieron solos en un barco desprotegido en medio del mar, y decidieron fondear en un islote cercano.
Bajaron a tierra, Martín estaba cada vez peor, no sabían calcular lo alta que tendría la fiebre pero se temblaba de pies a cabeza.
La tormenta se acercaba rápidamente.
Eran las 3 de la tarde.
Isabel miró su reloj y rogó al cielo porque la tormenta que iba a estallar de un momento a otro pasara velozmente y todavía quedara luz para volver al pueblo.
Era julio, los días todavía eran largos
Martín empezó a nombrar con un hilo de voz
—La cueva, la cueva, a la izquierda, por el sendero
Martín conocía mejor aquel islote. Por si acaso se tratase de algo más que un delirio de una persona febril, Isabel fue hacer un breve reconocimiento y efectivamente a
Volvió en busca de su amigo, y se arrastraron como pudieron, él con sus precarias fuerzas apoyado en ella hasta la cueva.
Una vez le dejó recostado en la cueva se dirigió a la gambeta a por la nevera portátil con el agua y las provisiones y pensaba esperanzada si en el compartimento seguiría el botiquín que metían a principio de verano, en ese caso dispondrían de antibióticos y antitérmicos para el flemón y la fiebre.
Pero la tormenta se le adelantó, la lluvia la golpeó salvajemente, mil agujas se clavaron en su piel descubierta por la ropa de verano y vio como el cielo se abría ante los primeros relámpagos, seguidamente sonó el estruendo de los truenos, muy juntos pensó, la tormenta esta encima, imposible subir a la gambeta.
Retornó a la cueva, Martín tiritaba, se sentó a su lado e intentó darle su calor con su cuerpo.
Martín balbuceaba entre dientes, parecían cosas incoherentes pero cuando Isabel prestó atención vio que no lo eran. Decía
—Eres fuerte Isabel, por eso te llevo la contraria, para no sentirme anulado por tu fuerza. En el mar, con el barco, somos uno. Pero en la calle sobresales. Destacas tanto que me siento nadie. En el barco tengo mi papel.
Y todo el rato le daba vueltas a lo mismo, lo decía una y otra vez, con parecidas o distintas palabras.
Isabel quedó muda por la sorpresa. Si tenía protagonismo, no era consciente de ello. Siempre creía ser una igual a los demás. No sabía quien le veía por encima ¿Era sólo cosa de Martín? Manifestaba que era fuerte ¿Acaso él se tenía por débil? Ella no pensaba así.
¡Ya estaba! Mentalmente llevándole la contraria. No era momento de discutir. No con aquella fiebre.
En cualquier caso, quizá ella era normal y simplemente Martín tenía una pobre imagen de él mismo. También podría ser eso.
Él, seguía entre dientes
—Si salimos de esta, iré al dentista, como tú me dijiste, ¿ves? Siempre es “tu me dijiste”. Iré al dentista que sea lo que tenga que ser, pero que se me pase esto.
Fuera la lluvia caía abundante, la tormenta arreciaba sin piedad. Isabel se preguntaba si el ancla resistiría los embates del temporal.
Las nubes habían oscurecido el cielo, en la cueva apenas se distinguían las sombras de los dos ni las del exterior, sólo en los fogonazos de los relámpagos podían verse sus demudados rostros. Descompuesto por la fiebre el de Martín.
Poco a poco los truenos y los relámpagos fueron distanciándose, la tormenta se alejaba. Una hora de incertidumbre había transcurrido.
Paulatinamente cesó la lluvia.
Pero con ella no se iba el recuerdo de las palabras pronunciadas por él. Isabel las tenía presentes en su pensamiento. Cavilaba, algo tengo que hacer para cambiar esto, o alabarle lo que él hace bien o algo, ya lo pensaré, pero primero es ahora. Ahora he de acercarme a ver si la barca ha sobrevivido al temporal.
Dejando a Martín en la cueva, todavía murmurando, se encaminó hacía el barquichuelo.
Su corazón dio un vuelco, parecía que estaba entera, si, pero más baja, a pesar de la alta flotabilidad de las gambetas, ésta, parecía estar más a ras del agua ¿Por qué? Algo iba mal. Se acercó, subió con cuidado al barco, bajando todavía más la línea de flotación y comprendió lo que pasaba: la bañera de la barca tenía gran cantidad de agua de lluvia. De haberse llenado quizá se hubiera hundido.
Rápidamente echó mano de su sombrero de paja empezó achicarla como una posesa, sus posibilidades de supervivencia estaban en juego.
Pasó un buen rato con los riñones doblados echando agua por la borda.
Al fin respiró y contempló su obra, la bañera relucía.
Nuevamente alarmada se acordó del tambucho de proa, apresurada corrió abrirlo ¡uf! Cerraba hermético, no había entrado agua, ¡buen barco! Y lo mejor, el ancla había resistido el temporal sin soltarse.
Miró su reloj, las 5 de la tarde. Hizo cálculos, si andaban ligeros podrían volver a casa. ¿Cómo se las ingeniaría para pilotar ella sola la gambeta?
Ya está, recogería el foque y navegaría solo con la mayor, le costaría más rato y andaría mas torpe pero para manejar el timón y la vela ella sola y echar un ojo a Martín se las arreglaría mejor.
No podría hacer muchas filigranas pero para una emergencia valdría.
Al fin y al cabo, no estaban muy lejos de la costa.
Lo primero cogió el agua, abrió el botiquín, ¡aleluya! Allí estaban los antibióticos, aquellos de una toma diaria, 3 días, muy bien, los antipiréticos también. Todo perfecto. Estaban teniendo un poco de suerte en medio de tanta contrariedad.
Subió a la cueva con la noticia –Ha aguantado, el agua no se la ha llevado.
Le dio lo demás, Martín bebió ávido el agua y tomó la medicina obediente, se levantó con piernas temblorosas.
Estaban listos. Se dirigieron a la gambeta dispuestos a volver a casa.
Una vez subieron a bordo, Martín que no se sabia de donde sacaba la lucidez dijo –Estoy en malas condiciones, yo me haré cargo del foque, tu lleva la mayor y la caña del timón. Así navegaremos ligeros y sin problemas
-¿Podrás? — Respondió precavidamente Isabel que después del día que llevaba no se atrevía a contradecirlo.
—Si
Izaron las velas, soltaron el ancla, y comenzaron a navegar.
Martín sacaba fuerzas de la flaqueza. En cada cambio de bordada renqueaba. Isabel atenta al menor desfallecimiento, presta para intervenir en la menor ocasión. Pero no hizo falta.
Otra vez el silencio compartido, pero esta vez había algo en él. Algo que dejaban para después. En el mar mandaba el mar y había que estar concentrado.
La calma después de la tempestad proveía de un vientecillo ideal para volver a casa con prontitud y sin problemas.
Llegaron a puerto, ese día no había refresco, sino visita al hospital a urgencias a que le vieran el flemón, y supervisaran la medicación.
Una vez en tierra, el ambiente entre ellos se hizo más espeso. Él temeroso de haber dicho algo inconveniente. Ella no sabiendo como acertar.
Mientras esperaban al médico, ella habló:
—Siempre te he tenido por igual a mí. El verme más fuerte que tu, no se si es mi característica o tu percepción. Yo veo en ti unas cuantas cualidades buenas que yo no tengo y admiro, como por ejemplo tu templanza y no por ello pienso en términos de fuerte o débil.
Esto no es una competición. Quizá si tú te ves más abajo, es una errónea percepción tuya.
A mi me divertía ese contrasentido que teníamos, el discrepar con argumentos enriquece y tu, a veces, los tienes. No sabía que esto estaba siendo demoledor contigo.
Pero puedo ofrecer una cosa: Destacar lo que veo de positivo en ti, que son muchas cosas.
Ya habían pasado algunas horas y la medicación iba haciendo efecto, ya casi no tenía fiebre, así que más consciente, pudo contestar:
—Es difícil verse como un igual cuando la otra persona lo tiene todo resuelto y una seguridad en sí misma aplastante. Tu no das “tu punto de vistas” si no “El único punto de vista posible”, no opinas por una verdad si no posees
Isabel se quedó silenciosa, jamás nadie se había atrevido a hablarle de ese modo. Ella por su profesión, era cierto que estaba acostumbrada a llevar las riendas de la situación.
Cuando respondió lo hizo con el corazón
—Debes apreciarme mucho para hablarme como lo haces. Te lo agradezco. Quizá los dos tengamos cosas para pensar y para cambiar. Yo por mi parte lo reflexionaré detenidamente.
En cualquier caso tenemos una cosa para disfrutar que hacemos bien juntos que es navegar. A pesar del susto de hoy, yo quiero seguir navegando contigo y en el refresco posterior pondré un poco más de corazón y menos de cabeza, solo mantendré la cabeza para acordarme del respeto que te debo.
Impresionado por semejante reconocimiento, Martín empezó a balbucir pero siguió de tirón, pues también hablaba con el corazón:
—Tu resolución en el día de hoy ha sido decisiva para mí, me ha salvado la vida. Sería un ingrato si no lo reconociera así. Ese y otros valores tienes, como ahora, hablar con el corazón..
—Yo también me esmeraré y cambiaré. No me guardaré las cosas para que se enconen. MI alma está limpia cuando navego contigo. Por supuesto que quiero seguir haciéndolo y como tu, te hablaré con el corazón pero en mi cabeza estará presente el respeto y agradecimiento que te tengo.
Iban a seguir regalándose el oído pero en ese instante les llamaron a consulta.
El médico le examinó, vio la medicación que había tomado, le pareció correcta y le indico continuar con ella y acudir a más no tardar a un dentista a solucionar la raíz del problema.
A partir de aquel día Isabel y Martín compartían sus vivencias tanto en tierra como en el mar. Discrepaban con cordialidad algunas veces, otras simplemente se perdían en la diversidad de pensamientos que eran capaces de crear. Pero navegando siempre eran parcos en palabras, el mar los embelesaba.
jueves 10 de febrero de 2011
El mando a distancia, por Asun
El mando a distancia
Era el dueño del sillón, porque él tenía su sillón. Los demás en casa se sentaban en el sitio que estaba libre, pero él tenía su sitio. Él, Ángel, hubiera dicho: “para eso soy el padre de familia”, el tenía su sitio reservado y que no se le ocurriese sentarse a nadie, y en el lote iban los mandos de la televisión y el DVD. Era su vía de escape, según había sido el día en la oficina le daba marcha al mando. Era imposible ver la televisión a su lado, si daban noticias, te dejaba con la noticia a mitad para cambiar de cadena; si estaban en una película, justo cuando empezabas a enterarte cual era la trama, te cambiaba a una serie; cuando ya te ubicabas en la serie te daba el salto a un programa del corazón.
Cuando ya creías que no iba a haber más cambios, Ángel se levantaba y ponía una película de terror en el DVD, género al que era el único aficionado de la familia y luego se quejaba que se quedaba solo viendo la televisión.
Si venían visitas a casa, acariciaba los mandos, resoplando ansioso por no poder poner la televisión, con el trasiego con que los manejaba, se lo tenían prohibido.
Sus hijos habían ido creciendo y el se había ido agarrando cada vez más al mando a distancia. Cuando los niños eran pequeños jugaba con ellos, pero ahora ellos salían por ahí y él en vez de charlar con ellos, interesarse por sus cosas se refugiaba en la televisión, más que en la televisión en el mando a distancia que usaba como una espada láser de las películas de fantasía.
No llegaba a ver los programas por eso ninguno le acaba de hacer mella.
También se estaba perdiendo la vida real, la suya y la de su familia: su mujer y sus hijos.
Llegó a olvidar qué estudiaban, si iban bien o mal en los estudios. A su mujer la miraba comparativamente con el mando, movía la cabeza de la mujer al mando del mando a la mujer y acababa apretando una tecla. Pero…
Un día, se salió el líquido de las pilas del mando de la televisión. Era un líquido corrosivo, estropeó los circuitos electrónicos del mando a distancia. ¡Ya no iba el mando! Ángel se quedó desconcertado, de repente no sabía qué hacer. No podía cambiar el canal de la televisión, no podía subir o bajar el volumen, no podía manipular nada de nada el aparato. Se encontró perdido. Apagó la televisión, sin mando no servía para nada.
Intentó leer un libro, pero tanta letra le aburría; se levantó a la ventana, la abrió y miró la calle, volvió a sentarse en su sillón; ojeó una revista: decididamente los asuntos del corazón no eran lo suyo, la dejó; volvió a asomarse a la ventana, esta vez vio a la gente caminar por la calle pero le pareció aburrida: todos tenían dónde ir; dio tres vueltas por la sala; volvió a su sillón; agarró el mando a distancia, impotente lo dejó; se pasó las manos por la cabeza sin saber que hacer con ellas…
Decidió tomar una cerveza y se levantó para ir al frigorífico, en la cocina vio a su mujer a sus hijos charlando, abrió el frigorífico, al principio se hizo el silencio, poco a poco reanudaron la conversación, Ángel se bebió lentamente la cerveza participando y disfrutando de la charla, pero tenía un come, come, a él no le gustaba abrirse tanto a sus hijos como lo hacía su mujer. Al día siguiente, lo primero que hizo fue comprar otro mando a distancia y volver a esconderse en su caparazón.
jueves 27 de enero de 2011
Una tarde de Febrero, por Asun
Una tarde de Febrero
Marisa solía pasar las tardes con sus amigas en el pueblo vecino. Ella, una joven de 20 años, se aburría solemnemente en aquel pueblecito montañés de 600 habitantes, por eso aprovechaba el taxi de otros viajeros para ir al pueblo vecino a ver a sus amigas. Luego, siempre encontraba alguien con quien volver, la aventurilla.
Era el 23 de febrero de 1981, una tarde normal, sobre las 5 de la tarde, las voces de los dibujos animados resonaban en la televisión del bar del taxista -ya se sabe, en los pueblos pequeños se acumulan oficios-. Todo estaba preparado, la cliente, el taxista y Marisa que se apuntaba de gratis.
Llegaron al pueblo vecino, pero Marisa no encontró a sus amigas, al andar por las calles le sorprendió oír voces fuertes de los aparatos de radio y televisión, locutores hablando, era el único sonido que se oía por la calle, no se veía a nadie más, no se veía niños jugar, ni mujeres de un lado para otro, no se oían otros sonidos que el de los altavoces saliendo de las casa. Marisa estaba desconcertada, no sabía dónde ir.
Se encontró con un joven en la calle, estaba alterado:
—¡Acaban de entrar los militares al Congreso! ¡Quieren dar un golpe de Estado! Ha salido por la televisión—le dijo— ven a casa de Fermín
Fermín era el médico de pueblo, un médico en la treintena, progre, que se suponía sabia de todo
—Pero ¿cómo? Si vengo del pueblo y en la televisión estaban los dibujos animados.
—Pues ahora no. Han salido los militares entrando al Congreso y han cambiado a noticias y música clásica. Ven a casa de Fermín.
Fueron a la casa, ahí se habían ido reuniendo bastantes personas, Fermín relataba como habían empezado las cosas en “el
Marisa agobiada por el ambiente que respiraba dentro de la casa de Fermín, salió a la calle y fuera le esperaba otra vez la nada. Se sintió desamparada. Quería ir a su casa y no tenía como volver. Preguntaba a uno y a otro si sabía de alguien que fuera para su pueblo, nadie iba. Volvió a casa de sus amigas, esta vez las encontró, pero ya llevaba la desazón dentro. No se sabía si iba a estallar una guerra y ella estaba lejos de casa; solo quería volver.
Sus amigas le ofrecían dormir en su casa, pero ella quería ir a su pueblo. Le ayudaron a encontrar con quien volver y llegó por fin de nuevo a su hogar.
Pasó lo que quedaba de la tarde con los suyos, esperando a ver si daban noticias, y pasando las horas lo mejor que podían. Pero ella ¡ya estaba en casa!
Al día siguiente titulares. ¡Ha triunfado la democracia! Marisa de política no entendía, le preocupaban sus huesos que vio perdidos en el pueblo en un momento de inseguridad. En política no podía tomar medidas pero en lo concerniente a sus visitas al pueblo vecino si, por eso, Marisa recordando el desamparo que sintió en la calle sintiéndose en tierra de nadie, sin poder regresar a su casa, no volvió al pueblo vecino sin tener asegurada la vuelta.
jueves 20 de enero de 2011
El paseo, por Asun
El paseo
El médico había sido claro: “deberás caminar todos los días una hora” y Julia obediente había establecido su ruta: salía por la mañana temprano de su casa, -vivía en el cinturón de la ciudad- hacia el centro y le costaba una hora llegar, luego se daba unas vueltitas por el centro y se volvía en autobús.
Ese paseo solo se veía ensombrecido por su angustioso miedo a los perros. Miedo que tenía desde niña cuando le azuzaban el perro del vecino y de todos los que anduvieran por la calle. Pero pese a ello salía contenta todas las mañanas con pertinaz voluntad.
Esta mañana el sol le acompañaba una vez más en su paseo matutino.
Iba, como siempre, bien vestida, pero con ropa y calzado cómodos que le permitía andar a buen paso si bien no era todo lo rápido que le habían aconsejado; aunque el médico le había dicho “a paso vivo” ella hacía lo que podía, y a sus 60 años se resentía, notaba ya achaques en las rodillas, dolían, sin llegar a cojear. A los perros los esquivaba igual de todas maneras, se metía entre los coches aparcados y se hacía a un lado. Jamás echaba a correr, sabía que eso era peor.
Respiraba profundamente el aire en los paseos, nada de auriculares, ni radio, ni música, el aire sano penetrando por todos los poros del cuerpo, la sensación de frescor, era vigorizante, se sentía renovada ¡qué razón tenía el médico! Otras veces se le iba el pensamiento por no se sabe qué discurrir, se ensimismaba en múltiples derroteros, pero siempre con un fondo de alerta por su fobia a los perros. No le inspiraban malos sentimientos, era solo un gran pánico.
En su gran fobia a los perros, grandes, chiquitos, cualquiera daba igual, por todos sentía un gran pavor, esa mañana no fue una excepción.
Llevaba diez minutos andando cuando apareció el primer perro, -con dueño-, iba atado con una correa de las que se estiran y se estiran y se estiran… venía de frente, la acera era ancha, calculó si el perro la alcanzaría…, la correa se estiraba, empezó a segregar adrenalina, viéndose irremediablemente perdida, bajó de la acera y fue por la carretera por el lado de los coches hasta que el perro la rebasó.
Pasado el obstáculo, respiró hondo, y volvió con su rutina de caminar, siguió otros diez minutos, esta vez oyó unos pasitos por detrás, el espinazo se le puso tieso, volvió la cabeza y miró: venía un perro a sus espaldas, atado, chiquito, no se alargaba la correa, orillado a la derecha, del lado de los coches, le quedaba libre la izquierda, venía otro viandante por detrás que se interponía entre el animalito y Julia, lo aprovechó, dejó que el perro la rebasara ¡prueba superada! Cogió aire, volvió a caminar al paso.
Llevaba media hora de paseo, cuando se paró en un cruce por un semáforo y de repente un perro salió de no se sabe donde y atravesó la carretera, una moto que pasaba lo atropelló, el motorista resulto herido. Todo el mundo curioso se acercó a ver. Al poco llegaron los policías a regular el tráfico, la ambulancia para llevarse al herido… y a un lado, quedaba inerte el perrito, olvidado.
Julia, intrigada, se acercó a ver, le puso un dedo encima con miedo, y vio que latía, temblaba, pero no se movía, estaba inconsciente; como el perro no reaccionaba se confió; temblando ella más que el perro, lo cogió para apartarlo de la carretera y se sentó en un banco quedando allí acurrucada con él. Llamó a
Bien fuera por el calor que le daba Julia, bien por removerle las heridas, el caso es que el perro se movió y aulló quedamente ante lo cual ella sintió el latigazo de adrenalina en su interior, el temor y el sobresalto hicieron de nuevo mella en ella, solo le quedaron arrestos para bajar con cuidado el perro y depositarlo en el suelo y eso era casi todo lo que su entereza le permitía.
Esperó como pudo a los de
Esta vez, su paso se había hecho más lento si cabe, todavía llevaba el peso de su frustración, de no ser capaz de enfrentar su miedo. Respiró aire profundamente con el fin de aliviar su congoja, era una fobia antigua, ya sabía lo que tenía, pero esta vez, la ilusión de tener el perrito había sido mayor. Por eso, el dolor de su miedo, era mayor. Casi empezó a cojear, se le hacía muy cuesta arriba terminar el trayecto hasta el centro de la ciudad, acabó cogiendo el autobús de vuelta a su casa.
jueves 6 de enero de 2011
¿Me quieres? por Asun
¿Me quieres?
Él vivía atormentado por las exigencias de ella. En Inés todo eran dudas y preguntas con las que le torturaba todo el día, un día tras otro. Rafael en su momento de arrobamiento le había declarado su amor, ahora ella le agobiaba con sus dudas. Ella dudaba de la profundidad del amor de él. Él también dudaba.
Lo cierto es que al final él ya no sabía cuales eran sus sentimientos. Repetía mecánicamente que la quería pero tanto repetirlo se había vaciado de sentimiento.
Al principio se había enamorado como un colegial de su tez risueña, de su sonrisa alegre, su amplia boca de perfilados labios, sus ojos verdes y profundos, sus arqueadas cejas, hasta el flequillo corto que llevaba y la melena normalmente cogida en una coleta le hacía gracia. Todo lo de ella le gustaba. Era bajita, “la esencia buena en frasco pequeño”, se decía.
Aunque ella le atrajo como un imán, poco a poco fue descubriendo sus ardides, al principio ella era todo amabilidad, le daba a elegir en todo lo que hacían ¿Quieres que vayamos al cine? Decía, ¿Te parece bien que paseemos? ¿Te apetece entrar a esta cafetería? Luego poco a poco se fue convirtiendo en más dominante: Vayamos por esta calle —decidía por los dos, o incluso —Tú toma un descafeinado que el café te quita el sueño.
Lo que en ella al principio era alegría y un modo risueño de ver la vida cambió. Antes siempre estaba contenta por todo. Ahora mostraba un sarcasmo ácido y devorador. Antes era ¡Que bonito es este parque por el que estamos paseando! Ahora en el mismo parque era, ¡pisa otra caca de perro, haremos colección!
Lo mismo en cuanto pasaba una chica a su lado, ella –que no él- la seguía con la mirada comiéndosela con los ojos y luego le echaba en cara a él de no quitar el ojo a las chicas, de mirarlas más que a ella. Los celos la comían.
Esa no era la chica de la que se había enamorado, y ahora no sabía como dar marcha atrás. La cuestión es que ella se estaba dando cuenta, por eso preguntaba insistentemente si le quería, el cobardemente contestaba que sí, pero en la encerrona de sus preguntas evidenciaba su contradicción. La había querido pero ya no. Sí, soy un cobarde, se decía, no me atrevo a decírselo.
Eran tan frecuentes las preguntas de ella
— ¿Me quieres?
—Ya sabes que sí
Pero el lo que en realidad quería responder es
—Ya no, ya no te quiero, estoy harto de tus dudas, de tus celos, de tu dominación, estoy harto de todo. Simplemente ya no te quiero.
Un día, pasó por su lado una linda chica morena, que les pidió fuego para el cigarrillo, Inés le cogió el cigarrillo y se lo tiró. Rafael le pidió disculpas, se volvió hacia Inés y dijo:
—Ya vale. No te quiero. No preguntes más. La respuesta es no te quiero.
La reforma, por Asun
La reforma
Deseaba tener su hogar. Su casa. Mónica, tenia un buen trabajo, bien remunerado, en ese aspecto le iba bien, pero en su vida personal no había podido culminar la aspiración de tener su propia vivienda, y ahora a los 50 años se encontraba a punto de poder cumplirla.
Mónica había trashumado por pisos de alquiler, por intentos fallidos de comprar piso, había vuelto al hogar paterno a vivir sola. No la consideraba “su casa” sino la casa de sus padres.
Sus padres víctimas de sendas enfermedades, habían muerto, y le habían dejado en herencia la casa familiar. Hete aquí que se encontraba dueña de una vivienda. Mónica, que había estado ahorrando toda su vida para comprarse un piso, seguía con la misma idea en la cabeza y pese a ser heredera de una casa, seguía mirando los anuncios para ver en qué clase de vivienda y préstamo hipotecario se metía.
Entre tanto, vivía en la que seguía llamando la “casa de sus padres” que era en la que se había criado y le traía los recuerdos de su niñez. El cuarto donde dormía de niña, el cuarto donde estudiaba, la cocina. Claro, esa casa le parecía vieja. Ella aspiraba un piso nuevo, a uno rehabilitado en el centro de la ciudad, eso era lo que en realidad le gustaba.
Pero ella seguía y seguía mirando anuncios, veía que con sus ahorros y su sueldo se podía comprar un piso muy chiquitito. No importaba, ella no necesitaba mucho. Con la venta del piso heredado, las finanzas se resolverían bastante bien. Lo que le estaba molestando en realidad era la sensación de provisionalidad que tenía durante ese tiempo. Ese “estoy, pero no quiero estar aquí” “no arreglo nada porque me voy a ir” y el tiempo iba pasando, le daba sensación de inestabilidad y no veía fin a esa situación. Lo que había tomado como algo transitorio se alargaba y se alargaba, sin verle una meta.
No arreglaba la casa porque se iba a cambiar, como no estaba acondicionada no hacía vida social, no invitaba a amigos, se iba metiendo en un agujero cada vez más hondo.
Saturada de tanta incertidumbre en su vida, Mónica tomó una decisión: —ya sé que voy hacer —se dijo— voy a reformar este piso, lo dejaré como nuevo y me quedaré aquí a vivir, este piso está cerca del centro, puede ser un buen piso.
Lo pensó detenidamente, pidió presupuesto para la reforma que quería hacer y se decidió. ¡Hacía la reforma! ¡Se quedaba con la casa! ¡Ya bastaba de mirar pisos! Además ese era más grande. Le gustaba la idea.
Se tenía que ir alquilada a un piso durante 4 meses, en el trabajo la ayudaron a encontrar un bonito apartamento.
La empresa que contrató se encargaba de todo, era una amplia reforma, cambiaba paredes, instalación eléctrica, puertas, ventanas, baño, cocina, suelo, por supuesto pintado de paredes, vamos, en una palabra, dejaba el piso como nuevo.
Pasó toda la obra con sus quebraderos de cabeza, había que elegir materiales, había que elegir la cerámica para los azulejos del baño y la cocina, había que elegir las puertas, había que elegir los muebles de la cocina, el diseño de la cocina. Todo un sinfín de detalles y decisiones que hubo que ir tomando sobre la marcha produjeron el cambio, hicieron que la casa de la niñez fuese la casa de la madurez,
Cuando la obra acabó, empezó la tarea de decorar la casa, ponerle muebles, hacerla cálida y agradable en una palabra. Pero para entonces Mónica la llamaba “mi casa”. Ya había dejado de ser la casa de sus padres. Era la casa donde Mónica invitaba a sus amistades, era la anfitriona de cafés y comidas o simplemente visitas. Era la casa donde ella vivía una vida plena. Tenía un hogar confortable. La provisionalidad había llegado a su fin, se había acabado el buscar y buscar. Había encontrado su casa.
jueves 23 de diciembre de 2010
El vendedor de máquinas de coser, por Asun
El vendedor de máquinas de coser
Ramón a pesar de su elegante traje y sus zapatos lustrosos, tenía los pies reventados de ir de puerta en puerta cargado con el catálogo de las máquinas de coser, y el alma… ¡ya no sabía donde tenía el alma!
Decidió hacer un pequeño paréntesis para tomarse un café con una magdalena. Lo cierto es que la magdalena le daba azúcar a su espíritu. Una inyección de energía.
Repasó con mayor equidad los acontecimientos del día, ni se acordaba de las viviendas que llevaba visitadas y había vendido ¡dos máquinas de coser! Muy bien. Y aún era media tarde, el día no había acabado. Había días mejores y días peores, pero aquel no estaba mal del todo. Dos máquinas, era un saldo bueno. Los días anteriores habían sido peores.
Continuamente la misma charla: las puntadas, la doble aguja, los ojales, las bobinas, el ancho del zigzag, el prensatelas, el motor, la lamparita, etc. Pero los hogares cambiaban continuamente. Era como representar la misma obra de teatro en escenarios muy distintos
Todo el día llamando a las puertas, asomándose a los hogares más diversos. Nada más vislumbrar la puerta se adivinaban muchas cosas sobre la vivienda y las personas que allí vivían.
Después de tomar la magdalena, siguió su camino con fuerzas renovadas. Llamó a la siguiente puerta, le salió a abrir una niña rubia de unos 5 años, con gesto apurado, casi llorando.
—Hola niña guapa ¿Está tu mamá en casa? Dile por favor que salga
—Mi mamá está en la cama, dice que pase
—No quiero molestar, si no se encuentra bien ya volveré otro día. No te apures.
—Venga usted, venga, mi mamá está malita —dijo la niña extendiendo la mano hacia Ramón.
Algo vio en los ojos de la niña que le hizo seguirla.
Le hizo pasar hasta una habitación donde una mujer de treinta y tantos años, estaba tendida en una cama, a punto de dar a luz, sola sin ayuda.
Ramón rápidamente saco su teléfono móvil para pedir una ambulancia.
La mujer en la cama, se movía al ritmo de las contracciones cada vez más rápidas.
Se quedó a su lado junto con la niña sin saber que hacer, esta vez su charla acostumbrada no servía de nada.
Vio que las contracciones eran seguidas, él de eso no entendía nada pero veía que era un momento de urgencia. La mujer respiraba al ritmo de las contracciones. Él no se atrevía a respirar. Los minutos se le hacían eternos. ¿Qué iba a pasar? ¿Y si el bebé nacía antes de llegar la ambulancia?
—¿Cuál es su nombre? —preguntó a la mujer por romper el silencio— el mío Ramón
—Me llamo Adela —respondió jadeante entre contracción y contracción— Mi esposo dijo que le esperase, que vendría de la oficina para llevarme al hospital. He roto aguas hace hora y media, esto está yendo rapidísimo. Le he llamado a mi marido pero no sé por qué no viene.
—Tranquila, la ayuda ya está en camino.
Siguieron charlando entre los quejidos de la mujer. Que ya sentía ganas de empujar
—Siento que el bebé viene —jadeó la mujer— Las ganas de empujar aumentan.
— Yo lo cogeré, empuje —dijo Ramón quitándose la chaqueta y remangándose la camisa.
Adela empujó, y Ramón acogió el bebé en sus brazos. Era un niño que rompió a llorar con toda la fuerza de sus pequeños pulmones.
Y en ese momento llegaron los de la ambulancia, la niña les abrió la puerta y se hicieron cargo de todo
El marido llegó casi a la vez disculpándose, le había cogido un atasco de tráfico ¿Llegaba a tiempo?
Fueron todos al hospital, Ramón no se podía separar así como así del niño que había ayudado a venir al mundo. ¿Le parecía bien que le pusieran su nombre al bebé? Emocionado dijo que si. El niño se llamó Ramón.
La experiencia del nacimiento le llegó al alma, lo transformó, le cosquilleaba por dentro, le hizo más feliz que todas las máquinas que pudiera vender, no la olvidaba. Recordaba sobre todo la sensación de sentir el bebé blandito entre sus brazos, eso le enterneció el corazón.
A partir de entonces miraba con ojos más humanos a las personas de las casas que visitaba, no eran meros compradores, eran personas con vidas propias que en un momento dado te podían involucrar.
Cuando llamaba a una puerta se preguntaba cuál seria la historia de los moradores de esa vivienda.
Ahora al cantar las alabanzas de la maquina de coser decía las ventajas para la familia: puede hacer vestidos para el hijo o la hija, puede hacer edredones para la cama ¿Cuántos son de familia? Puede arreglar ropa para todos.
Ahora ya no ponía el acento en la máquina, ponía el acento en las personas de la casa, ahora vendía más máquinas de coser.
sábado 18 de diciembre de 2010
Más vale lápiz corto que memoria larga, por Asun
Más vale lápiz corto que memoria larga.
Era su debilidad, Azucena, no lo podía evitar, le gustaba fantasear, contaba chismes de los vecinos, de los artistas, de todo bicho viviente a quién quisiera escucharla.
Era una joven rubia, de ojos azules, guapa, de nariz respingona, labios finos, sonrisa angelical, esbelta, estatura de azafata. Sus 30 años apenas cumplidos los dedicaba a trabajar en una peluquería de barrio y a su sinfín de invenciones, tanto en su trabajo como en su pequeña comunidad de vecinos, decía las cosas más insospechadas en el sitio más inesperado.
Luego no recordaba qué había contado ni a quién, se hacía un lío y seguía enmarañando la historia.
Por ejemplo cuando atendía a clientas de la peluquería se inventaba asuntos del corazón:
—Como le cuento Doña Eulalia,
—¿Qué me dices? —replicaba sorprendida Doña Eulalia—No he oído nada.
—Lo llevan en secreto, pero lo ha dicho Marujita Díaz, que de esto sabe. —decía Azucena en un susurro para dar énfasis a su historia
Y seguía con la permanente de Doña Eulalia y con más asuntos del corazón inventados.
Pero luego no tenía ni noción de lo que había dicho. Leía las revistas de la peluquería y daba rienda suelta a su imaginación.
En la comunidad de vecinos todos los días tenía algo que decir a uno o a otro, cuando no, decía algo al presidente, un día le dijo: —El otro día vi una rata. Habrá que hacer algo.
Pero luego le preguntaban por dónde o cómo y caía en contradicciones.
Ella se daba cuenta, pero no sabía cómo hacer para evitarlo. Lo del trabajo lo veía un mal menor, pensaba que incluso daba vidilla a la peluquería, pero lo de los vecinos le estaba trayendo problemas. Ya le ponían mala cara.
Se rompió la cabeza y tras mucho pensar decidió comprarse una libreta para escribir en ella lo que les fuera a decir a los vecinos, así tendría oportunidad de ver si era un pensamiento cabal o no.
Efectivamente, empezó a apuntar, mientras, en la peluquería seguía con sus fantasías que no hacían daño a nadie, incluso daban más ambiente al diario cortar y peinar e ir y venir de la clientela. En su comunidad de vecinos cambió radicalmente. En la libreta apuntaba: La del 2º B se queja del ruido que hace la del 3º B, luego lo miraba y veía que era una invención suya. Seguía apuntando: La del 1º A hace un reguero de gotas por la escalera con las bolsas de basura. Lo leía y veía que no había gotas. Pero al apuntar se había evitado mucha discordia. Ella vivía en el 2º A, aún fue más, que escribió: La del 2º A pone muy alta la música. Y pensó, yo estoy tonta, la del 2º A soy yo, y pongo la música bajita.
Poco a poco todas las observaciones que tenía sobre la vecindad las fue anotando en la libretita, y se abstuvo de hacer comentarios sobre el resto de vecinos. Éstos lo notaron y poco a poco fueron más amables con ella. Menos suspicaces dando lugar a una mejor convivencia.
Con el tiempo, la costumbre de no hacer comentarios sobre sus vecinos se le fue arraigando, e incluso dejó de necesitar la libretita, pero ella tenía en casa siempre una libreta lista para usar por si fuera necesario volver a ella.


